jueves 24 de enero de 2008
jueves 27 de diciembre de 2007
Modernidad que Liquida
visten mis entumecidas manos y
con ellas froto mi espalda
las noches etruscas piratas túnicas
antárticas, que pueblan el arenal
que escondemos debajo de las uñas
las uñas que limpias
con el borde de los botones del control remoto
Yo compro
él trabaja
tú compras
ellos trabajan
Nosotros, compramos
Yo visto corbata roja
tú vistes camisa beige
él viste saco azul
Nosotros, vestimos
Yo veo, Discovery Channel
tú ves, The Big Brother
él ve, ci en en
We, watch, Ti Vi
Yo fumo Phillip
él fuma fasso
tú fumas smog
Nosotros, respiramos
la bruma
que elijamos
Yo manejo un VW
tu manejas un BMW
él maneja un Corsa
nosotros conducimos
vosotros conducís
Ellos, construyen
rutas, autopistas, calles, andariveles
y etiquetas
para Todos
viernes 14 de diciembre de 2007
Exit
arrope de azufre
solsticio de mica
nocturno de mimbre
surtido de mamón
salitre de albahaca
amoxilina de barro
hélice celofán
rostros de seda
seda de algodón
algodón de azúcar
azúcar de caña
caña de azúcar
glucosa envuelta
cuerpo empaquetado
envoltura contac
salida de emergencia
martes 4 de diciembre de 2007
¿?
¿de dónde vienen las plumitas que flotan en el viento
¿cómo sobre viven quienes habitan sólo la intemperie
¿viene de colores el alma
¿de dónde sale, lo que sale, de los tubos de desagüe
¿les alcanza para algo a los que pasan la gorra
¿cuán tristes quedan los libros sin leer
¿cómo sería un libro con todas las anotaciones y garabatos de los márgenes de cuadernos de clase
¿por qué el arte mendiga en las calles, los teatros
¿a dónde van los libros liberados sin código de rastreo
¿por qué los labios, cuando no se usan, se oxidan
¿a dónde se esconden los adoquines coloniales, dónde la arena
¿a dónde van las especies extintas como especie
¿hay un cielo de las especies
¿o todos somos partecitas de una sola que se va haciendo mientras nos morimos
¿las sombras, son la noche refugiándose del día, o es la subversión a la invasión del día que ataca el imperio de la noche
A dónde van a parar los signos de interrogación de las ventanas de Chat?
viernes 23 de noviembre de 2007
Liquida Modernidad
vientos de agua, precoz tierra mojada
El cielo descarga el hartazgo
escupiendo puñales de hielo
los asfaltos se vuelven ríos
y los ríos se cuelan por debajo de las puertas
como si un inhumano asesinato se ocultase tras de ellas
Oscurece
y la ciudad ensilencia, espera,
estatua ante el gruñido del cielo, la tierra
que brama, suplica, ensordece, le duele, grita, llora
aterrorizada
El pasto empalidece y del suelo brotan
saltan pirañas vegetarianas
hambrientas de insectos
de carne humana
Cae la noche en pleno día
flashes destellan como fotografía de Apocalipsis
primera plana del diario de nunca mañana
y las casas ya son cuevas, donde, cavernícolas bucamos
una luz de vela prójima
lunes 5 de noviembre de 2007
Del diccionario de Bernard...
P
Paisaje, olor a
Podredumbre, piel de
Pelusa, pupo con
Pis, bullido
Pezón, con punta de
Plástico, uñas de
Poliéster, abrigo de
Penes, caídos como
Plastilina, bolas de
Plomo, semen
Petróleo, falos rellenos de
Picadillo, galleta de agua con
Piojos, selva habitada por
Palomas, caca de
Palmípedos, especie de
Profilácticos, se besan
Pagando, en cuotas
Parásitas, se llenan de
Pérfido, laburante sudor
Podrido, corazón
Pestífero, aliento
Puerco, manzana en la boca de
Polvo, frasco de
Pigmentos, piel invadida por
Pórland, amor
Pálido, futuro
Póstumo, adiós
Pabellón, número un millón
Joro
viernes 26 de octubre de 2007
butas mañanas, penditas noches
Las mañana impías demuelen
las habitaciones del viajero insomne
de los cronopios con alas
de los gatos con sonrisa
de las sonrisas sin gato
de los grillos del alba
de los pasajeros soñadores
de los soles sin soles
de los sedientos poetas vivos
de los ebrios amantes sin sentido
Golpean de agua helada
rostros iluminados
clavan puñales de luz
en sienes despabiladas
apagan noches sin nubes
de anhelos mutilados
degoyan, aplastan y abortan
los sueños de noches que no acaban
La pálida mirada de cíclope
sin pudor de nubes, abraza y
tirita en la oscuridad
pesadillas de relojes
que no paran de sonar
martes 23 de octubre de 2007
Píonma
El movimiento universitario ya no marcha, marchita
Conciencia de sí, para sí
ni siquiera la clase social Oficinista
es el ejercito industrial de reserva
Ring
ni industrial
Click
ni reserva
Los pobres reclaman el derecho a ser explotados en oficinas
y los explotados, a ser más explotados ascendiendo
quizá exploten todos, en una gran orgía de escritorio
viernes 19 de octubre de 2007
Peoma
Dislexia Terabéutica
Formas de apandonar la bena
de dejar al lado de la cama
los zabatos llenos de parro
llenos de parro de caminar todo el buto día
Maneras bara desvestirnos
maneras de parrer la pasura de las calles
maneras de dar vuelta el tacho
de que desabarezca toda la bodredumpre
que inunda la vereda
Formas de reírnos de la buta vida
formas de haplar y de decir
formas de invertir la vida
que son la forma de invertir en la vida
Maneras de levantar el supánimo
maneras de supvertirlo todo
maneras de aprazarnos al mundo
sin brisa de orgasmo
Formas de boder oír
formas de escuchar al supconsciente
formas de boder ver ponita
la voluple vida a nuestros bies
Formas como
letras que hacen la vertical
que se cuelgan del techo
y secan de broplemas
nuestra benosa existencia
Tan sólo una
tan sólo una de ellas
es la dislexia
la dislexia
la dislexia terabéutica
Julio y Abril
Julio pensó
A Abril le gustaba la forma que él tenía de cruzar las calles cuando venía un auto de frente. Contorneaba la cintura como si le fuese a pasar cerquísima y que con ese movimiento se evitara la embestida. Además, que siempre parecía estar mirando para ningún lado y hacia todos. Y el hecho de que cuando se bajase de un colectivo repleto se tirase sin más al cordón de la vereda para escribir en un papelito que “la vida era un limón amarillo que huele a vainilla”, pensando que quizá había escrito algo propio, mientras intuía que no.
Una vez le pasó en la estación de ómnibus de Buenos Aires, en Retiro. Se tiró al piso entre toda la gente de la terminal corriendo a ningún lado, pero corriendo, y ella, corriendo también, lo pateó, como buena porteña que era. Cordobés distraído. Ahí, desparramado en el piso. Piltrafita provinciana. Piltrafita que cuando veía nubarrones desde el colectivo se bajaba como tres paradas antes a fin de poder caminar con la posibilidad de ser bañado por el cielo, aunque sabía que apenas cerrase la puerta de su casa, se iba a largar, y así era. Pero no era lo importante. Lo importante era la posibilidad de que la vida lo obligase a andar empapado serenamente y a ver un arco iris, con o sin duende al final. No que sucediese, de hecho. Eso a ella le gustaba. Lo vio sin verlo, lo pateó, lo supo. Lo supo subvirtiendo ese conformismo femenino mercantilista de que las buenas partidas ya se las había hecho consigo alguna turra y, así, de pasar como si nada al lado de los tipos que se tiran en el cordón de la vereda de algún suburbio. Lo pateó y tropezó arrojándole puteadas porteñas a lo largo del viaje al suelo, donde fue precisamente que lo vio. Estaba ahí, a la vista de todos y de ninguno ¿Cómo no verlo? Acostada se vio, a la eternidad.
Ella, que tanto se quejaba de su mala suerte, pero que a la vez, era capaz de enternecerse en un orgasmo infinito oyendo a Powell. Y que le pasaba igual cuando Elis Regina y Jobim la bañaban con Aguas de Marzo. Humedad y rubor. Gozando eternamente los dedos de Vinicius o de Nina Simone, y se sonrojaba aún más, pero no le importaba y daba otra vuelta en la cama regocijándose en su placer. Estrujándose para no dejarlos ir. Los dedos que le bailaban entre los muslos. Ella, abrazando a Caetano y a Buarque, esos dedos, esas manos, retenerlas, sentirlas penetrarnos el cuerpo y dejarnos extasiados… Ella, que como él, le resultaba imposible de comprender que la gente no pudiese andar por ahí sin su reloj o su celular, pero que sin embargo pudiese hacerlo sin su Rayuela. Ella, que sin embargo, había abandonado la búsqueda con resignación, su principal enemigo. Porque (sabía), abandonar la búsqueda no está tan mal después de todo. Ya que entraña, en realidad, una máscara de abandono. Pero la resignación… es verdaderamente enviarla al demonio. Un instante, se dejó… y lo pateó, tropezó y dio con el hombro en el piso. Ese viaje, desde el mundo imaginario de la gente que está parada y corre, hacia el espacio mucho más real, de la que sueña recostado sobre el suelo, sucedió como esas cámaras lentas que trascurren entre el instante en que se pasa de vida terrenal a la celestial. Lo vio y calló, melancolía milonguera. Él nunca le dijo si sonrió por fuera y ella nunca lo supo. Los espejos reflejan, reflejan cosas. Caras, flequillos, se reflejan en los espejos, pero las almas se reflejan, solamente, en los ojos de soledades. Y eso ocurre, casi nunca. Da susto.
A Julio le gustaba que ella tomase té con leche, en lugar de mate, pero que, sin embargo, ello no le imposibilitara de disfrutar uno bien calientito y amargo en ocasión de un Cerrito. O que se subiese rápido a las hamacas de las plazas y que mirase a ambos lados para corroborar si había gente, no porque alguien mirase, sino porque la gente se podía golpear cuando uno se dejaba poseer por ese ir y venir del mundo que no toca con los pies. Porque lastimar a cualquier ser era un rasguño en el alma. También que siempre lo miraba, pero cuando hablaba se poseyera en un ser del estilo muñeca mecánica que miraba de a ratos partes, todo. Por eso callaba tanto, para ver con más calma. Porque hablar significaba dejarse ir al mundo de las ideas que, con todo su encanto, no podía igualar el de las realidades que se tejen en el aire con las hebras de los árboles, Jacarandaes y Cañadas, espinas dorsales de corazones de Argentinas. Pero, por sobre todo, era esa inmaterialidad subyacente al hecho de invitar a un café a un pobre tipo tirado en el piso de una estación de micro, a una piltrafita así. Le gustaba que se la jugase y, lo que lo hacía mejor, que se la jugase con piltrafitas como él. Valía casi, casi, casi tanto como el brillo de sus pardos ojos en una tarde amarilla, o la caída de su cintura en un perfil hacia sus caderas. Casi lo mismo, pero no era la mismo. La vio, lo supo, cerró su cuadernito y dijo que sí. Muerto de miedo.
Las sillas en los hospitales
se disponen como las de los aeropuertos
o es, acaso,
que en los aeropuertos las sillas se disponen
como la sala de espera de un hospital
Y Julio se recostó.
Intentó repasar los hechos, las palabras, todo resultaba incomprensible ¿Cuál fue el giro? Trató de buscar el momento exacto en que se disparó la bala. En cierto modo, todo ocurrió tan deprisa que resultaba difícil de relatar, como los instantes que vive un conductor segundos antes de un choque múltiple. Por otro lado, el andar había resultado tan apacible y la huída tan natural, que podía asimilar las horas pasadas a alguna eternidad. Ni siquiera podía explicar que es lo que hacía allí, en ese lugar. Matando la agonía de unas vacaciones. Trasbordo de un par de días, pero en el momento no sabía siquiera si habría de tomar el colectivo de vuelta a aquello que dio en llamar, para no precipitar explicaciones, casa. En realidad, había estado en el umbral del precipicio de la nada y, ahora, descansaba.
¿Qué frase? ¿Qué frase había sido? Se repasó. No encontró juegos de seducción, no encontró pantallas, ni máscaras. Sólo un par de reflexiones aisladas y citas ingenuamente soltadas desde las profundidades de sus obsesiones. “No hay peor crítico que una hoja en blanco, o lienzo, si vos preferís”. Tampoco halló incitaciones intencionadas, sino que todo pareció haber decantado solo, y en cuestión de segundos. Vio una película donde el universo cabía en una taza de café y la luna era más grande que el cosmos, y no necesitaba de sol para ser media, todo lo contrario, era media, sin el sol. Por momentos piensa que ese fue el momento en que ella lo supo. Él jugando a hacer montoncitos de azúcar mientras hablaba de un tal Fromm, un tal Girondo, un tal Subiela, un tal Lucas. No lo notó, no lo notaba, pero no estaba perdido, estaba en su senda, abandonado a algo que lo excedía y, a la vez, lo contenía
¿Cuál fue el gesto? ¿Cuál fue el gesto?... ¿Propio? Le resultaba imposible de discernir… ¿De ella?... Recordó, entonces, aquella película que dicha en inglés (sorprendentemente), tiene un tenor que no le hace igual merito el castellano, Before Sunrise, donde se decía que, de existir algo de magia en este mundo, debía de encontrarse allí, en el tenue espacio que tiende una mirada sobre dos pares de ojos. Ahora Julio cree que, de existir un Aleph, debe de hallarse entre un iris propio y una pupila ajena, viceversa. Puede haber sido, entonces, que de repente volvió en sí desde el azúcar, o que los montoncitos ya no lo necesitaban, y levanto la vista, por segunda vez.
Era un monoambiente
Esa gente que ven las relaciones como el tipo de institución que regula el intercambio de besos y orgasmos en una cantidad directamente proporcional al tiempo e inversa a la secuencia evolutiva del noviazgo, como fuere. Esos locos, que no podían entender que, en realidad, se trata de un fluir de las caricias, las palabras, las miradas entre los seres-unseres, donde la intensidad de los besos crece inmensamente en el ir y venir de uno a otro, que no es ir y venir, sino que es estar y ser en uno. El amor tiene rendimientos crecientes en sí mismo. Mientras más se ama, más se ama, pese a tener fijo un solo cuerpo, o dos, el amor puede crecer tan alto cuanto den nuestros brazos al firmamento (y eso es mucho). Ser en uno, en la unidad, un centro Rayuelero, en el ser-uno original de Aristófanes. Un ser uno que se hincha cual globo de cumpleaños irreventable de Agua para Chocolate, y se infla, infla, hasta hacernos explotar día a día, en la cama, en un parque Sarmiento, en Un lugar, en todo lugar donde hacer el amor es la más alta realización del ser por sobre el velo de
Ese mundo exterior que les decía locos a la gente que amanecía un día en el puerto de Buenos Aires, se tomaba un colectivo y amanecía otro día mirando el Suquía, soñando mundos mejores y apretándose contra él, piltrafita de roca, hombrecito que llora, michino con sonrisa, semental de caricias, luz que se incendia sólo con esa mirada melancólica… Ese mundo exterior que estaba lleno de ogros hablando por megáfono y ordenando reformas de leyes o remitos y ordenes de compra, cada cual en su escalón. Plagado de zombis que corren por esas escaleras invisibles e inexistentes de las empresas o de la administración pública. Inundado de parejas contractuales, de relaciones cosificantes al interior de las casas, de los departamentos, pero no, claro, de los monoambientes. No, no, eso no podía ser la realidad, o por lo menos, la verdadera. Eso, evidentemente, era una gran mentira de la verdad de las verdades que se escondía en las grandes camas puertas adentro de los edificios, esas fosas comunes de concreto, llenas de muertos vivos, de sobrevivientes que se exhiben a tras luz de los vidrios espejados de las ventanas. Un mundo oceánico que obliga a las mujeres a usar un baño distinto de los hombres. Donde se mea también se caga, y donde se hace el amor, se tienen pesadillas.
A Julio le gustaba ver a Abril en la ducha. Hacía girar el jabón entre sus manos como a un miembro semi flácido que urgía endurecer. Luego sus manos se ocultaban dentro de una gran pelusa de espuma que hacía acariciar lentamente su cuerpo, su cara, la comisura de sus mejillas, la esconditud de sus hombros, un pompón de hirviente nieve que se suspende y erecta de un pelito vaginalmente púbico. El toque, sin embargo, a los ojos de julio, era la manera en que se deshacía de la espuma restante entre sus manos. Se la sacudía como tierra. Extendía los dedos, juntando las manos emulaba primeramente un rezo, un saludo oriental, las sacudía y se frotaban como gatos contra la pata de la silla, removiendo el barro adherido a la palma de sus manos. El resto de la limpieza, se la sacaría enjuagándose de sudor en las sábanas (inmediatamente). Dentífrico de esencia de semen, hisopo con cabeza salmón, flujo de crema para el cuerpo entre los muslos, secador de palabras mojadas, toalla de brazos de lana.
Y a Abril le gustaba sentir sus manos de mirada amanesándole las curvas. Ensuciando y bañándola por anticipado. Tomaba la precaución de dejar entreabierta la puerta del baño cuando enfilaba a la lluvia entubada. Y las gotas eran como uñas de Julio en mayo rozando las fronteras limítrofes de su magma. Hirviendo se clavaban en sus hombros y se evaporaban al contacto de su dorada, pecosa piel. Se evaporaban porque la miraba y hacía arder en ella el heno humedecido que atesoraba radiante entre los muslos. Las secreciones de su cuerpo eran kerosén inflamable al contacto de los poetas. Sentía hincársele los dientes en un glúteo que, reflejo, se contraía, y luego aflojaba, intermitente, se entregaba. Entregaba su sangre a aquel vampiro recién nacido. Seca de espuma, estaba lista para expiar el smog del día y amoratar ese miembro cíclope que la vigilaba, celaba y que velaba, hasta en la más recóndita intimidad, por su humedad.
En este mundo, lo más cerca de lo genuino era, entonces, la piel desnuda de ella, para él, y de él, para ella. Aunque no podía alcanzarse, podía verse, sentirse y acercarse (mucho), como una hoguera violetásea insonora y aturdidora, hipnotizante, embriagadora… real y genuina.
Si cada golpe de tambor fuese un movimiento, si cada tono de voz fuese una extremidad, si cada palabra cantada fuese expresión en un rostro como de humo, y una totalidad flotante que pudiera confundirse con, y sea, a la vez, un cuerpo, ese cuerpo, es otra alma, entrando en el suyo. Como si poner un cd, fuese el rito alrededor del tablero Guija y, en ello, logrará invocar al espíritu de la música, cualfuera, y la poseyese, toda. Y cada salto, cada golpear el suelo, completo en ella, en el amortiguar de sus pechos, oscilantes entre el mundo y el cielo, agarrados de ella, colgados de una nota. Y sus caderas orbitantes a su ombligo, astro rey gobernante. Su ombligo, sol que está y no está gobernando sus orbitas, esté donde esté su vientre. Y sus manos abriendo el terreno que exige el paso de sus planetas y el contornear de su guitarra. Y esa piel arremangada que devela estrellas en el vientre y desnuda la elipsis de su cintura. Y esa cola que se dibuja en circular a la tierra… Cada compás de su cuerpo es un designio de la convicción de que cualquier tipo de exorcismo sería el peor de los pecados y el más terrible de los genocidios.
Escribía
“Hoy compré un Fiesta, mañana un Gol, pasado un Bora, el miércoles un Ecosport, el jueves un Siena, el viernes un A4, el sábado vi tele” ¿Por las mañanas? “Y.. ¡Estuve todo el día en la oficina para ello! ¡¡Qué preguntas haces Gato!!” ¿El resto de la semana? “¿Qué resto?” Una lágrima por la mejilla de León Tolstoi. Tanto tiempo y tan poco hombre queda.. No queda, siquiera, un pedacito de anarquismo sin caricaturizar.. Ni siquiera, un trocito de socialismo donde depositar las esperanzas sin que sea parodiado por un conjunto de locos burgueses con camiseta de Guevara, con etiquetas…
Rótulos, carteles de simple, a lo sumo, doble mano, andando. Packs, paquetes de personalidad compitiendo en el mercado de rótulos. Uno, lector, literato, intelectual, estudiante, novio, ingeniero contador, esposa, bohemio empresario, padre, oyente, auxilio. Nichos, nichos de mercado. Artesano, saliente, artista, plástico, transistor cibernético, opaco soñador, teckno trabajador social ecologista. Cubana ninfómana, Romeo, filoso filósofo, actor. Caminante, no hay camino, hay cabellera de caminos. Rogelio, juanito. Prohibido estacionar, auxilio. Nokia Motorola, rockero, jazzero. Perdido estudiante, historiólogo, cientista punk. Renegado, rallado, rayado, jodido, oxidado. De buena presencia, trajeado, esbelto, gracioso, amarillo o blanco, acorbatado, encamisado, voraz, chiflado, ambiciosa secretaria, ejecutivo con perspectivas de crecimiento, vocación de líder, buen manejo de grupos. Mercados masivos. Chofer, auxilio. Y Rómulo romula la rótula. Rota la rancia copa, exhala el vientre almidonado. Suavecito, suavecito, rosa lo rosado. Retro, cineófilo, sonriso venido a menos. Mierda en paquete de yerba, yerba de mierda en papel paquete. Papel engomado con yerba de mierda. Mierda en paquete de papel encendido. Pinto tus labios, langueo tu sombra. Río con creces. Creces flotando en el río. Canaleta de asfalto, río de creces. Etiquetas que flotan, en el fondo del río. Risa que llora la empapelada belleza. Río de caca, río de estiércol ¿Dónde te has ido? ¿Dónde te has ido?
Ramones Raúles, Julianas de besos, Juanas de alcornoque, rodajas de queso. Rosario Ronald, jurraca Urraca, Remolacha de sesos. Alejo tu vida, Francisca tu rezo, Juanes tu olvido, Verbo tu nombre, Etiqueto tu verso.
Cuelgo tu cruz, me pongo la remera de Guevara, me trago tu biografía en papel, consumo la película de tu vida, Matajamé Ghandi, Matarme Luther King. Estatua de bronce, sustituibilidad de la acción por el icono, por mi objeto de devoción. Me compro un gorro rastafari, consigo marihuana a la vuelta, me emborracho en la puerta de tu casa, te escupo y celebro mi ignorancia en tu cara. Estudio un título, obtengo habilitación, conduzco mi auto, como mi profesión. Profeso mi compra, exclamo mi propiedad, subyugo al vecino, arrojo mi sombra, detrás del disfraz. Comercio mi miembro, compro tus senos. Envuelta en celofán, te saco el moño, descubro mala fe, me quejo en defensa al consumidor…
Economías de variedad en series cortas. Producción flexible de personalidades vacías. Rótulos, rótulos y más rótulos. Afortunadamente, todavía queda algo de amor, libre amor. Alguien con quien pueda sentarme a tomar mate a la orilla de la vida. Tan simple como eso, un amor, libre, sin tironeos, ni llevaderos, sin relaciones de dominación, sin escalones, con rótulos que sean redundantes, con substancia que los exceda todos, que los haga prescindibles y, al mismo tiempo, les de todo su ímpetu, les de su acento, su tilde, su verdadero valor. Un amor amor que desborde un frasco amorfo hecho de humo. Un amor amor que no entre en vasos, que sea escurridizo líquido y se solidifique en un balde con forma de fuentón. Dar vuelta la pileta y que se vuelque el amor por todo el piso, arrastrarse y empaparse el cuerpo, el himen y el escroto, para que nos aceitemos la espalda de amor, que penetre los poros, impere nuestra voz y nuestras manos. Abrir las compuertas, llenar las bañeras e invitar a las ejecutivas de todas las clases a pajas de inmersión en los océanos de su sexuamalidad salvaje dormida virginal escondida. Abrir las braguetas de la represa de nuestro ser amurado ¡Qué los poemas (¡y los peomas!) derriben las casas prefabricadas de las parejas! ¡Qué el amor amor se cuelgue de los balcones de los edificios, pesando tanto como para doblarlos! ¡Qué hagan pasarelas sobre las autopistas! ¡Qué los edificios se derrumben y atasquen las avenidas en que se pasean a kilómetros por horas los autos de las parejas de la edad madura, que tienen autos, y que tienen hijos como tienen autos, y que tienen empleos, para tener hijos y tener autos, como tienen empleo! ¡Qué se pudran por dentro todas las familias podridas por fuera! ¡Qué el amor amor se escurra flujo entre las piernas de las mujeres! ¡Qué el amor líquido se ameduce en cristales de hielo con las formas más variadas de la humanidad! ¡Qué se congelen en estatuas cuyas plaquetas en blanco remitan solamente al amor, cuyo rótulo inequívoco sea amor, amor y nada más que amor! El amor, como la forma más acabada y elevada que puede alcanzar la emancipación humana, si no es en este tiempo, ya, la única. Puede, entonces, que el amor ya sea, la única forma de subversión posible.
Sin embargo… ¿Militaremos el conformismo cuando haya llegado ya hasta nosotros todo aquello donde depositamos nuestros anhelos? Por más poético y sublime el realizar ¿No descansará ello en todo aquel martirio e inconformismo con chicas de calendario y muchachos de saco y corbata? ¿Acaso no sería ingrato? Las cumbres cuestan, sudor y espalda. Y… al llegar ¿Deberíamos de quedarnos, tan sólo con la reciedumbre del paisaje, o deberíamos, tal vez, gritarles a los que vienen a cuesta, que creemos que valió la pena? ¿Y si, de todas maneras, no nos oyen o quieren oírnos? ¿Y el terror que provoca la cordillera que urges en mí, no es acaso, el indicio, la evidencia, de que sufro de la erosión de las estructuras del sufrir? Ese desamparo, siendo, antes, todo ciertamente una mierda ¿Ahora? ¿Militaremos el conformismo?
Las cosas son de todos los colores que no vemos. Los que sí, son la luz con la que el mundo nos baña. Invertir los colores del mundo, ver un mundo que es de todos los colores sintetizados en un objeto, el Aleph de los colores. Volver a la vida, ya sin antifaz, donde mi mesa es, al mismo tiempo, de todos los colores, menos marrón, y mis paredes son, simultáneamente, todas las pieles, menos lavanda. Volver a la vida, barrer los antifaces. Sin embargo… ¿Militaremos el conformismo?
Eliseo Königsberg
Parece que los genios
de este tiempo
están en el cine.
Pero, o
no los ve nadie, o
los pururúan.
Las palabras por sí solas son nada o vómito. Los vómitos por sí solos, por sobre el vomitante, son o consuelo aliviador terapéutico entre padecientes, por así decirlo, o son fermento de un aparato represor mayor, tal y cual Kafka. El valor social y personal del vomito es enorme, por eso la distinción es necesaria. El resto de palabras por sí solas no son nada, cuando son poesía, si no son bañadas por la mirada que le de en ese instante la razón de su existencia. Córtazar respondió una vez a una interpretación de matiz político de un cuento suyo, Casa Tomada, que si bien aquella no era la forma que fuera concebido tal cuento, no podía descartar que algo por encima de él se hubiese colado por sus palabras, corrido por sus venas, sin que estuviese en plena conciencia de ello. Claro, que la cuestión no es dirimir tal o cual relato, poema, escrito, se cierra en tal o cual dirección, como una disputa de sobremesa del tenor de cuál es el club con más hinchas de la ciudad. Sino, muy por el contrario, explicitar la abertura necesaria que tiene el hecho poético, en reconocimiento de que su existencia se recrea en el acto mismo de leerlo, recitarlo, oírlo transitándonos los poros. La indeterminación necesaria que deviene de un hecho imperceptible, que tuvo el poeta, de no saber porqué las palabras se colgaron de una punta de la hoja u otra, aunque pueda ofrecer alguna impotente explicación de ello. La abertura inexcusable que plasma el poeta-poeta, en ejercicio de una voluntad de pequeño puente circunstancial entre algo incorpóreo que le dio en el pararrayos, trasmutó en sangre, corrió hacia los dedos, se hizo palabras. Palabras que marchan hacia la historia personal, sí corpórea, de un destinatario que desconoce, y de ahí la apertura ineludible. Teje ciertos códigos, al mismo tiempo, ciertos vestigios, migas de pan en un camino y piedritas blancas en otro, a fin de guiar al encuentro de las palabras que le pertenecen a ese ser famélico de algo que se desconoce y existe, apenas existe, en el tenue momento de ser bañado con la vista. Ciertos códigos de complicidad, en medio de una historia, para la cátedra de literatura de cuarto. Una Rayuela, re creación del texto por el lector. Como una caricia no puede existir sin la piel, ni la mano. Sin embargo, la caricia es algo que se eleva por sobre ambas, pero que descansa fundamentalmente en ellas. Así con la palabra, pero desde este lugar, el arte como elevación del ser, como tejido de susurros humanos a lo largo de la historia y del espacio, del roce de las esencias. Las esencias también existen en ese espacio que emerge desde el libro, pedazo de papel o que fuere, y la totalidad humana, de quien lo lee. Las palabras así, como Salvador no es nada sin su Gala, como ninguno de nosotros somos nadie sin nuestra Gala, sin nuestra Abril, que bañe de sentido a nuestra penosa existencia, dándole su ser, dándole su vida. Sin ella, uno muere metafóricamente, que es la forma literal de morir.
Así, mis palabras no son nada (o pura madera enmohecida) sin ella, sin mi Abril, ni lo son sin aquel destinatario que las espera, sin saber, y hoy se me aparece apenas brumoso. Si zarpan, es porque las esperan, aunque no lo crea o me lo proponga, sencillamente, porque yo soy pararrayos, no puedo detenerme, y dejar de enviar a su patria, este cúmulo amorfo de plastilina de letras, ni de juntar poesía como luciérnagas en un frasco. Bien sirva de lucero en medio de la oscuridad, bien sirva de lumbre de lectura en una noche de corte de luz. Cosas que pasan.
Una causa noble sería, plantear un poemita, de aquellos que le llaman haiku, que tenga poquitas líneas, y muchas palabras cacofónicas, pero existentes. O mejor dicho, preexistentes. Es más, un peomita (porque ya ha tomado la forma de peoma) que suene hasta infantil. De esa niñez que inventa las palabras, que suene a términos muy tontos pero, y aquí recién comienza lo poético, palabras totalmente fieles a la real academia. Por otro lado, hacer un peoma largo, dónde las palabras adquieran un ímpetu propio, donde los significados se chorren de las letras, a lo Girondo, y que, al mismo tiempo, se vaya mezclando con palabras de la vieja escuela, al punto que el poetizado acabe al fin por indistinguir entre una palabra existente o no, es decir, se haya liberado, por fin, de la demagógica tiranía de la estructura de una lengua, para ponerla (¡al fin!) a su propio servicio, para que (¡por fin!), los significados, las esencias, las búsquedas, los irrepetibles, toda aquella sensación impalabrable, busque (¡por lo menos busque!) su empalabrecimiento, de alguna manera, que lo intente. Que para eso estamos, intentarlo. La vida, esta película mal hecha.
Una vez
Al final quedó
Encontraron bonita
Apenas Abril dejo ese trolebús, el tipo volvió la vista sobre el librito abandonado a su lado, lo tomó entre sus manos y nunca volvió a ser el mismo. Abril se tomó un trole de vuelta a casa y al cruzar la puerta se sonrojó. Julio levantó la vista de un libro, torció la cabeza y la vio de arriba abajo. No hay falda más transparente que tu piel y no hay floreado que pueda igualar el jardín que siembras en nuestra cama. Julio sabía. Y ella suspiraba aliviada.
Discos de vinilo
son materia inerte sin la púa. El mejor prólogo que leí en mi vida es éste, carta a la púa. La metáfora es perfecta, un libro, una palabra, un disco de vinilo. Hoy bien podría ser, respondió Abril, una carta al lector láser. De hecho, creo que la analogía se vuelve mucho más explícita, manteniendo la esencia, que es lo que nos importa. Un disco de vinilo tiene, sin embargo, un dejo de corpóreo del hecho de que una púa pueda ser hasta un alfiler pegado a la punta de un cono de papel. Mientras gire el disco… Es como si las letras tuvieran textura, códigos braille para los ojos, tu imaginación. Este colectivo Azul es eterno. Antes de que llegaras llevaba años tomándolo. De hecho, antes no era azul, sino marroncito tierra seca. Es el mismo, todo es lo mismo, con un poco de pintura encima, y nombres nuevos. Es lo mismo, la manera en que te iluminas cuando te miro que es, asimismo, cuando me ilumino, cuando brillo. Un cuadro solo, es triste. Claro, un cuadro solo es materia inerte, aunque latente, y dependiendo del cuadro. Sí, como depende de qué libro… Sí, como depende de qué disco, en fin, de que tipo de energías haya volcado en la obra el tipo. Si es mera técnica o hay un trozo de su vida, de la vida de todos. Si ha desmembrado, como un Guernica, la muerte desdoblada en todas sus caras, o si bien ha desflorado, como un Jour de Lenteur, el corazón de lo que llevamos dentro de lo que llevamos dentro, digo, si ha florado, mejor ¿Y Girondo? Y Girondo ha pasado un poco desapercibido, hasta ahí nomás, basta ver a Subiela. Está bien ¡Qué lástima la escasez de tranvías en la ciudad! Yo creo que de todas maneras en que sus poemas para ser leídos en tranvía, a falta de tranvía, esperasen ansiosos a su púa, sentados, en un colectivo camino a la ciudad universitaria. Bueno, vamos por el centro, así que vamos bajando, déjalo y vamos.
-Préstame un pedazo de hoja-
Escurridizo
Se me escapó un miembro,
unas monedas en el bolsillo
sin acomodar por una dama
Se me escapó un verso
que tomó el sorbo de vino
que me quedaba
Se me escapó un sonido
que emitía una gallina
descogotada y sangrienta
Se me escapó el tren
que engullía cadáveres
andantes por la calle.